Pinturas y dibujos de LUCIO AQUINO

La exposición del artista Lucio Aquino permite confrontar distintos momentos de su trayectoria artística, compuesta por piezas en su mayoría dispersas.

Esta muestra plantea un diálogo interno entre fases de su producción visual y abre nuevas lecturas de su obra en el contexto de la plástica contemporánea de Paraguay.

Texto de sala de Ticio Escobar.

Apertura: viernes 20 de febrero de 2026

Dirección: Sargento Martínez 271 e/ Telmo Aquino y Abente Haedo

Consultas: 0981 969373 / 0981 616287

Del poema Provebios y Cantares, Antonio Machado (1875-1939)

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«La obra de Lucio no puede ser desvinculada de la performance continua de sus propios desvaríos y sueños personales; de su búsqueda de volver la vida una propuesta de arte, según los principios de una ética intensa e íntima. Y, entonces, aparecen los frescos rituales del Lucio bacante y danzante y se manifiesta su militancia personal, insolente (su desnudo de protesta contra la represión que lo ha llevado a la cárcel); su vida ascética en Areguá, su desparpajo sosegado. Quizá estos gestos sinceros, extraños, también deban ser ubicados en el contexto de un espacio poético quebrado, mirado a trasluz; leído como la propuesta de representar o, más bien, de poner en acto, aquel programa fantástico de sus dibujos iniciales.» (Ticio Escobar)

La imagen de Lucio se define durante los primeros años de la década del 70. El escenario que se abría entonces al arte del Paraguay estaba determinado por la emergencia del dibujo y la consolidación de cierta figuración fantástica: una imagen que subraya el desvarío, la imaginación y el sueño y, desde una matriz formal básicamente expresionista, permite la irrupción de contenidos irracionales, ausentes hasta entonces en la plástica. A comienzos de los '70, los dibujos de Genaro Pindú y Ricardo Yustman exploran el inconsciente y las amenazas del lado oscuro de la historia en una dirección seguida pronto por otros artistas.

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En este contexto histórico se inscribe la obra de Lucio Aquino que, aunque aparezca marcada por las dos características de esta tendencia (el uso del dibujo y la referencia a contenidos fantásticos), define pronto preocupaciones temáticas y estrategias discursivas propias. Su dibujo se encuentra impulsado por la particular versión nativa de cierto «surrealismo mágico» latinoamericano; pero, también, rozado por la imagen del comic y el pop y animado por un humor entre cándido y filoso que instala claves propias, desconcertantes a veces. Lucio llama «patafísico» a este dibujo suyo: al prestar el término de Alfred Jarry radicaliza su opción por el absurdo, y lo hace no sólo desde el lado tenebroso de la razón que, al dormir, suelta sus monstruos, sino desde la orilla tranquila de una ironía fresca y, aun, una franca jovialidad que desbordan el sentido común y acercan preguntas nuevas. La cuestión del sentido, abierta en el debate incipiente de los primeros '70, se resuelve en el caso de Lucio no tanto en registro de drama como en cifra de insensatez celebrada.

Aparecida después y consolidada a lo largo de la siguiente década, la pintura de Lucio gira sobre su figuración primera y, con la ayuda de transparencias leves, colores rotundos y hábiles empastes, descentra aquel dibujo de por sí dislocado. Pero quizá sería mejor decir que su pintura, más que su dibujo, desarticula los espacios; pues, en verdad, la línea sigue conservando una presencia fuerte aun en las más pictóricas de sus obras: desde entonces todo su trabajo oscilará entre el despliegue de masas compactas, apenas contenidas por trazos inestables, y las siluetas de colores fríos dibujadas sobre trasfondos inquietos y horizontes vagos. Esa tensión entre lo plástico y lo gráfico instaura un espacio equívoco, tironeado por códigos diferentes.

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Pero la ambigüedad de esta obra -quizá su estrategia expresiva más certera- se construye tanto desde el oficio pictórico como mediante el clima espectral que Lucio ha sabido conservar y hacer crecer con eficacia. Sus paisajes lánguidos y sus aves, tanto como sus retratos de ángeles y danzantes, de enamorados y transeúntes fugaces, aparecen y desaparecen, se presentan suavemente velados; diluidos en el flujo lechoso de sus luces inventadas, desfigurados por las contraluces o las sombras de sus poses equivocadas. Son presencias sutiles; construidas, sin duda, desde las transparencias que autoriza el óleo y sugiere la representación de ocasos inciertos o confusas albas. Son presencias amenazantes, tergiversadas por la distancia, borroneadas por la memoria o enturbiadas por la inquietud del desvelo o las promesas del ensueño fácil. Estas figuras, reforzadas en sus contornos dibujados, irradian espacios propios que no coinciden con los terrenos del fondo; desencaje que produce una extensión discontinua y quebrada, compleja en sus piezas que no encastran, cargada con la energía de la diferencia. Estos lugares distorsionados permiten emparejar personajes clásicos y tipos populares y los hace coincidir en el letargo de un recuerdo plácido.

(Fragmento del texto de sala de Ticio Escobar)

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Pintor, escenógrafo y diseñador. Nació en Caacupé, en 1953. Realizó, bajo la orientación de Roberto Holden Jara y Ofelia Echagüe Vera, entre 1967 y 1972, estudios de Pintura, y con Nélida Amábile cursos sobre Historia del Arte, en la Escuela de Bellas Artes dependiente de la Universidad Nacional de Asunción, de la cual es egresado; entre 1972 y 1973 participó del Taller de Grabado del maestro brasileño Livio Abramo; entre los años '74 y '75 estudió, en México y con auspicios de la OEA, un curso sobre Restauración de Bienes Culturales y entre 1975 y 1978 realizó estudios de Arquitectura en la University of Texas, en Austin, Estados Unidos de Norteamérica. (Fte: Forjadores del Paraguay – Diccionario Biográfico, Aramí Grupo Empresarial)

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